domingo, 24 de julio de 2011



La necesidad imperiosa de hablar. Esa que empuja a la taquera a exponer todos sus miedos y malos pasos al cliente desprevenido. Aquella que lanza al hombre de los alquileres a gritar, a mitad de la calle, que su amante se ha ido y lo ha dejado en la ruina. La imperiosa necesidad de expresar aquello que sucedió y que nos devora, como una silenciosa bacteria carnívora, como un cáncer o un bacilo.

Ganas de hablar. De decir.

Muchos días han pasado y aún no soy capaz de contarlo todo. Esto, lo de rememorar cada detalle de mis días entre el infierno y el paraíso, es en cierto modo, mi manda. El sacrificio para que todo lo malo que ocurrió, no siga pasando.

Del perdón al cielo hay un paso. Perdón: Santa Vía Rápida hacia los placeres del Mundo.

Ella, Mariana, perdonó. Antes de levantar las rejas de la oscuridad, en medio de ese cosmos cerrado y asfixiante que fue mi habitación, ella hizo preguntas.

–¿Y qué te excita de ellos? –dijo con un tono que jamás le había escuchado.

–¿Cuántos han sido? –y aquel monstruo pequeño que ocupaba su boca como caja de resonancia era cada vez más atrevido.

–¿Te han penetrado? –Mariana deseaba sólo una respuesta que no fui capaz de darle.

Le conté de mis pequeñas travesuritas: algunos tríos, algunas conglomeraciones de carne sin mucho chiste, la luz que quema de tan blanca, lo aburrido de fingir, las secreciones y el sudor que se vuelven un solo fluido: las pieles, la carne, lo gemidos, besos y orgasmos. Pidió más detalles.

–Y, ¿qué más? –el monstruo sabe hacer bien esa pregunta.

El falso pudor, la maldita costumbre de cerrar, de guardar y ocultar información. El egoísmo. “Esto, lo mío, es mío”.

Las horas se diluyeron en el vacío que dejaba tras de sí cada pregunta mal contestada.

–No fue tan bueno. Más o menos. A veces era sólo por compromiso –respuestas insatisfactorias para una Mariana que se dejó pintar por la noche.

–¿Qué se siente estar con dos?

–La mitad de bien que estar contigo –pensé en contestar.

Me detuvo el brillo nacarado de una mirada curiosa.

–¿Cómo?

–¿Eso te excita?

Y esa fue la tácita cita. Mi sonrisa en la oscuridad, el brillo en sus ojos, los dientes húmedos de los dos: tácet que interpretamos con genialidad.

¿Por qué no tengo un puesto de tacos y cuento todo en una sola noche? Debí dedicarme a conducir un taxi por la ciudad y desperdigar mi historia en cada esquina en lugar de trazar líneas que se convertirán en muros y concreto.

lunes, 11 de julio de 2011

Hambre





Saltarse las horas y los días. Tan imposible como deseado. Un minuto, luego otro, siempre. Veo tan lejana aquella noche, a pesar de no haber pasado siquiera un año. Meses abiertos que han grabado, paulatinamente, una sonrisa insultante en mi rostro.

Las horas que transcurrieron en la penumbra. Aquella noche descansamos, si a aquella tortura silenciosa puede llamarse así, durante dos o tres horas. Después ella se levantó, limpió los últimos restos de lágrimas en sus mejillas y suspiró.

–Tengo hambre –dijo en medio de una sonrisa fingida.

Vi su cabello y rostro iluminados por la luz de la lámpara de la calle que entraba por la ventana. Pude percibir el volar errático de los insectos alrededor de aquel foco que irradiaba luz amarilla. Pensar en la muerte lenta de aquellos bichos me era preferible a ver las arrugas alrededor de sus ojos, las muecas que contenían su llanto abortado.

–¿Estás mejor? –me atreví a pronunciar en aquel ambiente casi aséptico. Casi sagrado.

Ella no contestó. De seguro le era más fácil colocar su atención en el lomo de cada uno de los insectos que al siguiente día estarían regados por la calle.

Y callé.

Ella suspiró. Las represas hechas con mandíbulas apretadas, labios mordidos y ojos cerrados lograron contener el desborde.

–Sí. Vamos a cenar.

No sé cómo diablos me atrevo a revolver aquellas imágenes. Siquiera a recordar que todo aquello pasó. Algo dentro de mí me obliga a hacerlo. Temo que en algunos días me veré obligado a borrarlo todo de la mente y quiero que este sea mi testamento. Lo que pasó en Zipolite me tiene aterrado.

Aquella noche pensé que había sido la peor de todas. Estaba preparado para que así fuera: la llovizna, el frío, las nubes que coqueteaban con las antenas, los líquidos que se derramaron en todas direcciones. La tristeza de ella, mi ceguera. El hambre que obligó a hablar, el tiempo que permitió creer que todo es como antes. El dolor en como un grito intenso en un cañón: al final sólo recuerdas el eco y olvidas el motivo del sonido.

Los motivos de los gritos. Los motivos del olvido.

Cada paso que di debió haber sido sumamente doloroso, el roce de mis dedos con su blusa, el exhalar frente a ella, cada vocal pronunciada debieron haber sido espinas clavadas debajo de la uñas de ambos. Y luego las miradas, que ardían como brazas en las cuencas oculares.

Y digo “debieron ser…”, porque ahora todo aquel dolor ha sido borrado y en su lugar fue erigido el modesto templo del regocijo. Lugar que acaba de ser demolido.



Al principio pensé que no podría describir ni siquiera el inicio. Hay algo maligno en esto, en remover y pepenar de entre los desechos. Hay algo que llama, que incita a decir más. Quizá sea el hecho de que quiero vivirlo una vez más, al menos revivir mi selección de hechos. Revivirlo a mi manera, para esta vez, sí tener redención.

miércoles, 6 de julio de 2011



Un cobarde que alguna vez fue sincero y cayó sobre él, como recompensa, la peor tormenta de su vida. Y en ocasiones, dramático.


“¿Que mas? (sic)” Sí, y mucho. Desde aquella noche arden en mis mejillas las cachetadas que ella se dignó a propinarme, desde aquella noche entre los folículos de mi cuero cabelludo quedaron incrustados los carbones encendidos de su ira. Fue diabólico, dantesco, infernal. El cigarro que cayó de sus dedos observó cómo su antigua dueña se ponía de pie y con la mano extendida golpeaba una y otra vez mi rostro, cómo jaloneaba mi cabello mientras gritaba insultos y preguntaba las malas razones para que le hiciera aquello.


–¿Por qué? –gritó con la boca llena de saliva espesa–, ¿por qué me hiciste esto?


Y me perdí. Como cuando se tiene un accidente. El tiempo, el espacio, todo sufrió la perturbación del dolor. Ya no supe si aquel reclamo era por la infidelidad o la sinceridad.


–¿Por qué le hice esto? –me decía a mí mismo en medio de los golpes–, esto de la verdad.

Una vez que agotó sus fuerzas físicas, logré enterarme gracias a palabras entrecortadas por el sufrimiento que lo horrendo para ella era la infidelidad, más no el engaño. Que me gusten los hombres no le importó. Sospecho que hubiera tenido la misma reacción aún cuando hubiera confesado ser pedófilo. Las mujeres son entes extraños, todos los seres mitológicos que el humano ha descrito en toda su historia deben ser sólo una tenue aproximación a ese interior turbulento de las mujeres. Dixi.

¿Qué más decir acerca de mi visita al infierno, o por lo menos el avistamiento de sus puertas? ¿Será necesario describir cada una de las lágrimas que de los dos brotaron? ¿Tiene caso distinguir los minutos de silencio de los que se mancharon con escuetas palabras? ¿Quién no puede imaginar todo aquello que pudo haber pasado aquella noche de llovizna? Y que pasó.

No opuse resistencia a sus golpes. Ella en cambio, se retorcía como anaconda hambrienta, para evitar que yo la sujetara y le contara mentiras al oído, que le dijera con mi voz más dulce que ella era importante, que la amaba, etc.
Las lágrimas que salieron de mis ojos fueron genuinas, lo juro. He de ser sincero, no fue el remordimiento por haberle sido infiel el que liberó mi llanto, más bien por el hecho de que mis palabras habían causado problemas innecesarios. Había sido infiel, sí, lo había hecho tan bien que nadie más que los involucrados lo sabíamos. Entonces, ¿por qué rescatar aquellos archivos del sótano más profundo de mi memoria? Todavía hoy no me puedo responder con certeza, pero sé el idealismo de hacer lo correcto tuvo mucho que ver.

Fue terrible, sí. Y hacía frío. Ella quedó en silencio, sollozando de vez en cuando, en recuerdo del llanto que se derramó en esa tarde. Yo a su lado, acariciando sus manos, vacías, buscando en sus ojos alguna señal que me indicara que había algo vivo ahí adentro, que algo había sobrevivido. No me atreví a espantar al animal de la oscuridad, no hubiera sobrevivido a la imagen de su rostro. Me levanté y en medio de un ataque de llanto, me retiré a mi habitación. Dormí y mi sueño fue removido de mi cabeza por la puerta que se abrió. Era ella. En silencio y en completa ceguera se acurrucó a mi lado. Acaricié su cabello lacio, tan negro que creí que llenaba toda la habitación. Tan negro que sentí que rozaba a la noche.

Luego los dos abrazados salimos del zaguán del infierno y, bajo mi guía, marchamos hacia las puertas del paraíso en un día exultante, diáfano, cálido.
Pero me he saltado muchas cosas. Otra vez.